¿Realmente comemos una tarjeta de crédito de microplásticos cada semana?

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Durante los últimos años se ha repetido una afirmación especialmente impactante: cada persona ingiere semanalmente unos 5 gramos de plástico, aproximadamente el peso de una tarjeta de crédito.

El mensaje ha aparecido en medios de comunicación, redes sociales e incluso campañas de concienciación ambiental. Es fácil entender su éxito: convierte un problema complejo, como la exposición humana a los microplásticos, en una imagen sencilla y sorprendente.

Pero ¿realmente comemos una tarjeta de crédito de plástico cada semana?

La respuesta, según la evidencia disponible, es que no podemos afirmarlo. De hecho, análisis posteriores han cuestionado seriamente la metodología utilizada para obtener esta cifra.

¿De dónde procede la cifra de 5 gramos?

Una de las principales referencias detrás de esta afirmación es el estudio de Senathirajah y colaboradores, publicado en Journal of Hazardous Materials en 2021.

Los investigadores analizaron diferentes estimaciones de exposición humana a microplásticos procedentes de alimentos, bebidas y otras fuentes. A partir de estos datos calcularon una posible ingesta semanal situada dentro de un rango muy amplio.

El extremo superior de esa estimación —aproximadamente 5 gramos semanales— fue el que terminó convirtiéndose en el conocido mensaje de que ingerimos el equivalente a una tarjeta de crédito cada semana.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre una estimación derivada de determinados supuestos matemáticos y demostrar que una persona realmente está ingiriendo esa cantidad.

Y ahí es donde empiezan los problemas.

Una revisión cuestionó estos cálculos

En 2022, Michael Pletz publicó en Journal of Hazardous Materials Letters un análisis específicamente dedicado a responder una pregunta muy directa:

“Ingested microplastics: Do humans eat one credit card per week?”

El autor revisó cómo se había estimado la masa total de microplásticos ingeridos y encontró importantes limitaciones metodológicas.

Uno de los principales problemas reside en transformar el número de partículas detectadas en una determinada muestra en una cantidad expresada en gramos.

Para realizar esta conversión es necesario asumir, entre otras cuestiones, determinados tamaños, formas y densidades de las partículas. Pequeñas diferencias en estos supuestos pueden modificar enormemente la estimación final.

Según este análisis, algunos de los procedimientos empleados podrían haber provocado una sobreestimación de la cantidad ingerida en varios órdenes de magnitud.

Por tanto, utilizar los 5 gramos semanales como si fueran una cantidad demostrada experimentalmente resulta difícil de justificar con la evidencia disponible.

¿Significa esto que los microplásticos no son un problema?

No.

Y esta distinción es fundamental.

Cuestionar la famosa comparación con la tarjeta de crédito no equivale a negar la existencia de exposición humana a los microplásticos ni sus posibles implicaciones para la salud.

Los microplásticos están presentes en nuestro entorno y pueden llegar al organismo a través de diferentes vías, principalmente mediante ingestión e inhalación.

Además, se han identificado partículas plásticas en diferentes muestras y tejidos humanos. Paralelamente, continúa creciendo la investigación destinada a determinar el alcance real de nuestra exposición y, especialmente, sus posibles consecuencias biológicas y clínicas.

La cuestión científica relevante, por tanto, no es decidir entre “los microplásticos son peligrosos” o “los microplásticos no importan”.

La cuestión es determinar a qué cantidades estamos realmente expuestos, qué partículas llegan al organismo, dónde se distribuyen y qué efectos pueden producir según la dosis, tamaño, composición y duración de la exposición.

Y todavía existen importantes incertidumbres al respecto.

Cuando un titular se convierte en una verdad

El caso de la tarjeta de crédito constituye también un excelente ejemplo de cómo se comunica la ciencia.

Un resultado científico complejo puede transformarse en un mensaje sencillo, difundirse rápidamente y terminar siendo percibido por la población como un hecho demostrado.

Pero la ciencia funciona precisamente de otra manera.

Las investigaciones se publican, otros científicos analizan sus métodos, aparecen nuevos estudios y determinadas conclusiones pueden confirmarse, matizarse o incluso cuestionarse.

Por eso es importante diferenciar entre evidencia, estimaciones e hipótesis.

Que una cifra aparezca repetida cientos de veces en Internet no aumenta necesariamente su validez científica.

La evidencia científica también evoluciona

Actualmente podemos afirmar que existe exposición humana a microplásticos y que necesitamos continuar investigando sus posibles efectos sobre la salud.

Lo que deberíamos evitar es seguir utilizando como una certeza científica la afirmación de que cada semana ingerimos cinco gramos de plástico, equivalentes a una tarjeta de crédito.

Este ejemplo nos recuerda algo especialmente importante en nutrición, salud y divulgación científica:

no debemos quedarnos únicamente con el titular más impactante.

Antes de compartir una información conviene preguntarnos de dónde procede, qué metodología se utilizó para obtenerla y, sobre todo, si investigaciones posteriores la han confirmado.

Porque comunicar ciencia con rigor también significa actualizar nuestros mensajes cuando la evidencia evoluciona.

Referencias

Senathirajah K, Attwood S, Bhagwat G, Carbery M, Wilson S, Palanisami T. Estimation of the mass of microplastics ingested – A pivotal first step towards human health risk assessment. J Hazard Mater. 2021;404(Pt B):124004. doi:10.1016/j.jhazmat.2020.124004.

Pletz M. Ingested microplastics: Do humans eat one credit card per week? J Hazard Mater Lett. 2022;3:100071. doi:10.1016/j.hazl.2022.100071.

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